Carlos Fernandez - Sciascia/Camus: ce ne ricorderemo di questi maestri

A mis amigos de “O SOMBREIRO DE MERLÍN”

 

Termina el “año de Sciascia” (anno sciasciano) y da comienzo el “año de Camus” con motivo del cincuenta aniversario de aquel accidente que le costó la vida. Treinta años casi exactos separan la muerte de ambos escritores. Albert Camus (1913-1960) había nacido unos años antes, pero vivió muchos menos que Leonardo Sciascia (1921-1989). No nos costa que se hayan conocido personalmente. Se habrían entendido bien: mediterráneos, lúcidos, generosos, vulnerables, amantes de Voltaire y de Tolstoi. En sus obras hallamos temas compartidos: la justicia, el delito, la pena de muerte, la verdad, la literatura. La vida en suma. Aquí siguen: entre nosotros.

 

Lo que sí sabemos con certeza es que Sciascia leyó a Camus. Incluso recurrió a él para defender su posición teórica en el agrio debate que tuvo con el físico Edoardo Amaldi a raiz de la publicación de su libro La desaparición de Majorana (La scomparsa di Majorana) en 1975. En aquella polémica Sciascia llegó a decir: “Si vive come cani per colpa della scienza”. Hacía suyas las palabras que Camus había vertido en un artículo publicado en Combat en el mes de noviembre de 1948 con el título Ni víctimas ni verdugos: “Vivir contra una pared es una vida de perros”. Para Sciascia el muro era el temor que le producía el uso que se podía hacer de la ciencia en nuestros días. El mismo sentimiento, que en su caso habrá sido de terror, que pudo haber experimentado el físico Ettore Majorana ante “un puñado de átomos”. Sciascia zanjaba su discusión con Amaldi citando al escritor francés: “Lo he escrito por rabia y por miedo. La rabia y el miedo –como decía Camus– de vivir contra un muro, de ver que la vida se va convirtiendo cada vez más en una vida de perros” (1)

 

Y es muy probable que de nuevo se acordara de él, del Camus de Reflexiones sobre la guillotina (Réflexions sur la guillotine), dos años después, en el enfrentamiento dialéctico que tuvo con Giorgio Amendola, lider del PCI, con motivo del juicio que se iba a celebrar en Turín a miembros de las Brigadas Rojas. En ese breve ensayo de 1957 Camus advierte de la necesidad que la sociedad tiene de protegerse frente al Estado, de que los individuos se levanten en legítima defensa frente a las sangrientas leyes del poder. Los ciudadanos italianos del jurado de Turín tienen miedo, se sienten inermes en un Estado corrupto e ineficaz. Camusianamente, Sciascia “comprende” el miedo de sus compatriotas y denuncia la situación inaceptable a la que se había llegado en Italia en aquellos años (2).

 

Pero ya mucho antes se había reflejado Camus en el espejo de Sciascia. En la novela A cada cual lo suyo (A ciascuno il suo), una de las más perfectas que salieron de su Lettera 22 y publicada en 1966, el profesor Laurana investiga el asesinato de dos vecinos del pueblo donde vive. En el capítulo VIII Laurana visita al padre de una de las víctimas, al “viejo profesor Roscio”. En este personaje nonagenario, oftalmólogo casi ciego, confluyen dos figuras, una real y otra literaria: Borges, de manera evidente, y Meursault, el protagonista de El extranjero, de modo más velado. En efecto, ante el profesor Laurana la figura del oftalmólogo emerge como un personaje perspicaz, irónico, anticlerical. Opina que el arcipreste Rosello, tío de Luisa, la mujer de la víctima, es un fanático: “Un hombre dulcísimo. Quería convertirme. Por suerte estaba de paso, si no hubiera acabado trayéndome por sorpresa el Santísimo...”. Su sobrina da el definitivo retoque al retrato de su tío en el capítulo siguiente: “Y mi pobre tío, que tenía en la mano su pequeño crucifijo de plata y le hablaba de misericordia, de amor...”. Este comportamiento nos trae a la memoria la actitud del juez de instrucción–“Extrajo un crucifijo de plata que blandía al volver hacia mí”– que interroga a Meursault en las primeras páginas de la segunda parte de la novela de Camus.

 

El profesor Laurana visita el despacho del doctor Roscio, cuya muerte cree poder desentrañar, acompañado de Luisa, la viuda, y del primo de esta, el abogado Roscello. Sobre su escritorio se encuentra un libro –Cartas a la señora Z..., de Kazimierz Brandys– tal como lo había dejado el doctor. Volvamos sobre la escena: “Laurana se inclinó sobre el libro abierto, le saltó a la vista una frase: ‘Sólo el acto que afecta al ordenamiento de un sistema sitúa al hombre en la cruda luz de las leyes’ y, dilatando la visión de la página, como abriendo un diafragma y sin recorrer las líneas, reconoció el lugar del razonamiento, el contexto: donde el escritor habla de Camus, de El extranjero...Ser extranjero, en la verdad o en la culpa, y a un tiempo en la verdad y la culpa, es un lujo que uno se puede permitir cuando existe el ordenamiento de un sistema...”. Laurana cobra ahora el perfil de un personaje camusiano: extranjero en aquel despacho y extranjero en una sociedad capaz de desviar la vista ante los crímenes más abyectos, pero temible en su venganza cuando alguien se atreve a cuestionar el sistema de poder que la gobierna. Al igual que Meursault, Laurana se atrevió: los dos serán condenados a muerte y ejecutados. El primero, como bien ha señalado Vargas Llosa (3), por haber amenazado los convencionalismos simbólicos de la sociedad en la que vive: “¿Se le acusa, en fin, de haber enterrado a su madre o de haber matado a un hombre?”, pregunta el abogado defensor. Y el segundo por haberse asomado al abismo de una sociedad criminal. La sentencia que recae sobre ambos resulta inapelable. Recordemos las palabras del fiscal durante el proceso, en el momento de pedir para Meursault la pena capital: “Declaró que yo nada tenía que hacer en una sociedad cuyas reglas más esenciales no conocía y que yo no podía recurrir a ese corazón humano cuyas relaciones elementales ignoraba”. Tampoco la sociedad sentirá pesar por la triste suerte de Laurana –“Pero el profesor yacía bajo un pesado montón de escorias, en una azufrera abandonada…”–, y la frase que cierra la novelita de Sciascia cae sobre él con la contundencia con la que lo hará la guillotina sobre el cuello de Maursault: “Era un cretino –dijo don Luigi”.

 

El capellán que visita en la prisión a Meursault también comparte rasgos con el arcipreste Rosello, pues tenía igualmente “un aire muy dulce”. En la celda del condenado se desarrolla entre ambos un tenso diálogo sobre la muerte y el más allá. Cuando el cura le pregunta “cómo imaginaba yo esa otra vida. Entonces le grité: ‘Una vida en que pudiera acordarme de esta’...”. Mientras espera la sentencia que le condenará a morir decapitado “en una plaza pública y en nombre del pueblo francés”, Meursault se proyecta hacia su pasado: “Me asaltaron los recuerdos de una vida que ya no me pertenecía, pero en la que había encontrado mis alegrías más simples y más tenaces: los olores del verano, el barrio que amaba, cierto cielo de la tarde, la risa y los vestidos de María”. La vida vivida, la vida recordada, que se vuelve a vivir en los recuerdos, en la memoria. Conocido es el epitafio que Leonardo Sciascia escogió para su tumba: “Nos acordaremos, de este planeta (Ce ne ricorderemo, di questo pianeta)”, tomado casi al pie de la letra de una frase del escritor francés Auguste Villiers de L´Isle-Adam. Sciascia añade solamente esa coma para enfatizar el verbo. Nos acordaremos, ciertamente, de nuestro planeta (4). La memoria que vuelve sobre los pasos de la vida cuando justamente esta se aleja tan callando. ¿Se acordaría el “extranjero” Leonardo Sciascia del “extranjero” Albert Camus cuando decidió su epitafio? ¿Pudo imaginar, desear, como Meursault, otra vida en la que pudiera acordarse de esta?

 

En El caballero y la muerte, sereno y melancólico addio alla vita, el Vice-Sciascia deambula por la ciudad y piensa: “¿Pero acaso el mundo, el mundo humano, no había aspirado siempre, oscuramente, a ser indigno de la vida? Ingenioso y feroz enemigo de la vida, de sí mismo; pero al mismo tiempo había inventado muchas cosas amigas: el derecho, las reglas de juego, las proporciones, las simetrías, las ficciones, la buena educación...”. Cara y cruz de la moneda: la moneda de la vida. A pesar de estar ya muy enfermo: “La vida seguía siendo hermosa, pero para quienes aún eran dignos de ella. Sintió que no era indigno de ella, y fue como si lo hubieran premiado”. También mientras Meursault espera la ejecución se acuerda de su madre y a su celda llegan los olores y ruidos de un mundo tierno e indiferente: “Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraterno al cabo, sentí que había sido feliz y que lo era todavía”. Memoria del extranjero, de aquel que pierde la patria de la vida, y se despide del mundo con nostalgia pero también con orgullo.

 

Albert Camus y Leonardo Sciascia: extranjeros en un mundo enemigo de la vida pero orgullosos de haber logrado subir la roca a la montaña y de habernos dejado una obra memorable. Hay que imaginárselos felices. Han pasado cincuenta años de la muerte del primero y veinte de la del segundo. Para ellos el tiempo se ha detenido: eternidad en Lourmarin, silencio en Racalmuto. Felices y agradecidos nosotros de ser sus lectores. Certamente, ce ne ricorderemo di questi maestri.

 

1 Vid. COLLURA, M, El maestro de Regalpetra (Il maestro di Regalpetra. Vita di Leonardo Sciascia, 1996), Santillana, Madrid, 2001, p. 239.

2 Cfr. COLLURA, M, Ob. cit., p. 242-243.

3 VARGAS LLOSA, M, “El extranjero debe morir”, en La verdad de las mentiras, Santillana, Madrid, 2002, p. 203-211.

4 Vid. DI FRANCESCA, Angela Diana, “Note sull’ultimo enigma”, en A Futura Memoria, nº 4, aprile-giugno 2009, p. 31-32.

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